
Soy Elena, de España. Antes de viajar a Kirguistán, imaginaba valles verdes interminables y montañas nevadas. Desde luego, no esperaba encontrar un lugar que pareciera sacado de otro planeta.
Cuando llegamos al cañón Skazka, lo primero que me llamó la atención fueron los colores. Las rocas eran rojas, anaranjadas y doradas, con formas extrañas que me recordaban a castillos y torres. Nuestro guía nos señaló un sendero, pero yo no dejaba de detenerme para hacer fotografías.
En un momento dado, rodeé una formación rocosa y, de repente, dejé de ver al resto del grupo. No estaba lejos, pero durante unos instantes me encontré completamente sola en el cañón. Soplaba una brisa suave y el único sonido era el crujido de las pequeñas piedras bajo mis zapatos.
Seguí el sendero de regreso y encontré a los demás esperando cerca de un mirador. Nos reímos de mi pequeño desvío y continuamos subiendo. Desde arriba podía ver a lo lejos las aguas azules del lago Issyk-Kul. El contraste entre el lago y el cañón rojo era increíble.
Aquella tarde hice decenas de fotografías. Pero cuando regresé a casa y las revisé, me di cuenta de que mi recuerdo favorito era el momento en que había bajado la cámara y simplemente me había quedado contemplando el paisaje.